En 1985 Broto se instala en París. Sus colores brillantes, sus veladuras, se convierten ahora en más opacos, más densos, más oscuros, como es el caso de este lienzo en el que se distribuyen campos cromáticos de intensos matices, sobre los que dibuja la imagen con gruesos contornos.
Como es habitual en su obra, sigue pintando paisajes, paisajes que surgen de su memoria, de sus recuerdos, en los que incluye elementos aislados que cobran protagonismo en la composición.
De nuevo los empastes de color, la pincelada espontánea, el

efecto pictórico conseguido agujereando un bote lleno de pintura y vertiendo la misma sobre el lienzo, normalmente dispuesto sobre el suelo. Es una técnica típica del
action painting, término acuñado por Harold Rosenberg en 1952 para hablar de la obra de Jackson Pollock.
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La escalera es la protagonista de esta composición. Una escalera majestuosa, casi barroca, cuya fuerza plástica y simbólica se ve reforzada por el soporte vertical en el que se la representa. Un objeto simbólico en todas las culturas, aunque en el caso de Broto la relación hay que buscarla en la obra de Joan Miró (1893-1983) y Antoni Tàpies (1923-2012). La escalera como vehículo de comunicación entre lo terrenal y lo espiritual, como camino hacia la ascesis del espíritu.